jueves, noviembre 10, 2005
Culpabilidad
Ayer en la noche cometí un acto vil y brutal. Me ha dejado con un sentimiento de culpabilidad y arrepentimiento que no me permite mirar a los ojos a mi familia y ni si quiera a mi mismo cuando me paro frente al espejo. Pero no fue mi culpa, juro que no. No sé en qué estaba pensando y me dejé llevar...mis manos actuaron por sí solas.
Estaba en la cocina y cogí un cuchillo, me deslicé cuidadosamente detrás de mi hermano (que estaba lavando unos platos) y lo hice. Tomé un pote de mantequilla congelada, corté un pedazo del tamaño de un corazón de vaca y lo puse en una cacerola. Acto seguido, prendí la hornilla, herví unos fideos y los mezclé con el medio kilo de mantequilla que ya estaba derretida. El pulso lo tenía a mil viendo cómo los largos y finos fideos se ahogaban en el mar amarillento de grasa derretida. Babeando de hambre, los serví en un plato de sopa y me los llevé a mi habitación.
Ahí culminé mi execrable acto, engulliendo los fideos y sintiendo como la grasa se deslizaba -suave y tiernamente- a través de mi esófago, rumbo al estómago. Al final, me quedé mirando al vacío, satisfecho y con los restos de mantequilla endurecida y pegoteada en la comisura de mis labios. Sé que he hecho mal y hoy me he despertado con mi hígado latiendo y con un sabor amargo en la boca. Hoy día solamente tomaré un té (y sin azúcar) ...se lo debo a mi corazón y mis arterias, víctimas de mi sobredosis de colesterol.

Estaba en la cocina y cogí un cuchillo, me deslicé cuidadosamente detrás de mi hermano (que estaba lavando unos platos) y lo hice. Tomé un pote de mantequilla congelada, corté un pedazo del tamaño de un corazón de vaca y lo puse en una cacerola. Acto seguido, prendí la hornilla, herví unos fideos y los mezclé con el medio kilo de mantequilla que ya estaba derretida. El pulso lo tenía a mil viendo cómo los largos y finos fideos se ahogaban en el mar amarillento de grasa derretida. Babeando de hambre, los serví en un plato de sopa y me los llevé a mi habitación.
Ahí culminé mi execrable acto, engulliendo los fideos y sintiendo como la grasa se deslizaba -suave y tiernamente- a través de mi esófago, rumbo al estómago. Al final, me quedé mirando al vacío, satisfecho y con los restos de mantequilla endurecida y pegoteada en la comisura de mis labios. Sé que he hecho mal y hoy me he despertado con mi hígado latiendo y con un sabor amargo en la boca. Hoy día solamente tomaré un té (y sin azúcar) ...se lo debo a mi corazón y mis arterias, víctimas de mi sobredosis de colesterol.

