viernes, febrero 04, 2005
Tarde de viernes
A las 5 de la tarde, el calor se hace más pesado y húmedo. Las calles se llenan con la gente que empieza a salir de sus trabajos y las pistas verdean de automóviles que se reproducen como un virus maligno en un cuerpo ya carcomido por el paso del tiempo. Esa es Lima. Mi Lima.
Por más que lo intento, no logro recordar algo que me agrade de ella. Sólo puedo concentrarme en el cielo teñido de nubes rosadas y rojas delante de un fondo celeste que veo a través de mi ventana. Sí. Lo único que amo de esta ciudad son sus atardeceres de verano y que vienen con ése calorcito pegajoso que moja mi piel y mi camisa. Dejo de mirar por la ventana. 5:31. Apago la computadora, me voy a casa.
Por más que lo intento, no logro recordar algo que me agrade de ella. Sólo puedo concentrarme en el cielo teñido de nubes rosadas y rojas delante de un fondo celeste que veo a través de mi ventana. Sí. Lo único que amo de esta ciudad son sus atardeceres de verano y que vienen con ése calorcito pegajoso que moja mi piel y mi camisa. Dejo de mirar por la ventana. 5:31. Apago la computadora, me voy a casa.
